Leo que 96 films aspiran a representar a España en los Oscars y no doy crédito. ¿De verdad se ha hecho todo ese cine aquí el último año? Pues, como la paga extra, ha sido un visto y no visto. La mayoría de ese centenar de producciones me ha pasado desapercibida.
Me vienen a la mente
Torrente 4 y
Águila Roja, por lo taquilleras,
Tres metros sobre el cielo, por la sorpresa, media docena de pelis de Balagueró, Armendáriz, Coixet y cía. y, naturalmente,
Primos, Chico y Rita o
Eva por gusto personal. Pero ¿el resto?
Me voy a
la web del Ministerio de Cultura y compruebo que sí, que están allí, registradas y estrenadas. Entre ellas
Midnight in París (de Woody Allen),
Encontrarás dragones (Roland Joffé),
Un cuento chino, The Way y un puñado más de cintas que, por aquello de la globalización, como el pulpo del
Scattergories, habrá que aceptarlas como "españolas", aunque sean "de compañía".
Me temo que la profesión anda erróneamente preocupada por un asunto que no le toca. No me constan estadísticas al respecto, pero me atrevo a opinar que la gran mayoría de estas cien producciones no deben haber visto afectada su rentabilidad por las descargas en Internet.
A mí, con el cine español me pasa como con el
Cacaolat. Si no se agita antes de usarlo no sabe igual. Dentro de la botella están todos los ingredientes, esos que hacen a este batido de chocolate único en el mundo. Pero si la botella queda demasiado tiempo inmóvil la sustancia se va al fondo y, cuando se sirve, aquello parece agua sucia.
Al igual que el
Cacaolat, el cine español -como la cultura en general- necesita ser agitado. Y no me refiero al vapuleo de la crítica o la taquilla sino a las sacudidas ideológicas. Por ejemplo: ¿Cómo es que nuestra cinematografía no se ha hecho eco del 15-M? Y no hablo de la
tvmovie de turno sobre la ocupación de la Puerta del Sol sino del espíritu de la revuelta.
Hay mucho potencial entre nuestros cineastas. Lástima que ese talento se desperdicie por, entre otras cosas, una política de subvenciones que, en vez de agitar la creatividad, la reduce a sedimento. Un poso que, en última instancia, queda enganchado en el fondo de la botella mientras nos sirven en cartelera un "torrente" de producto, como decía mi abuela, bastante esaborío.