22 oct. 2007

Mala leche


A nadie se le ocurrió llamar Ricardo al homenajeado Richard Gere en el Festival de Cine de San Sebastián. Tampoco me consta que al presidente de los EE.UU. se le conozca como Jorge Bush en ningún pueblo castellano-leonés. Luego Carod-Rovira tiene razón: si él se llama Josep Lluís –y así consta en su Libro de familia y DNI- nadie tiene derecho a cambiarle el nombre… salvo que pretenda provocarle.

La generación que me precede aún llama “kargable” y “jumperibogar” a Clark Gable y Humphrey Bogart. Pero en su disparate fonético no existe voluntad de cambiar el nombre a los artistas; más bien es el intentar preservarlo lo que concibe apodos que son tenidos como simpáticos.

No profeso por Carod estima alguna. Pienso que sus meteduras de pata (la última muy reciente) invalidan su credibilidad personal, y hace tiempo que anhelo su retirada de la política por el bien de Catalunya. Pero tampoco me gusta que la noticia de la semana sea su irritación en el programa de televisión “Tengo una pregunta para usted”. La hostilidad también fue desplegada tácita y explícitamente por sus interlocutores, lo que espoleó al republicano para regocijo de quienes disfrutan con ello.


Yo no sólo no disfruto, sino que me aflige ver cómo la mala leche (contenida o desparramada) se está generalizando en nuestro país. Trasciendo el ámbito de lo político; me refiero al simple ejercicio de las relaciones humanas. El mal rollo se palpa en el ambiente, las calles, los semáforos, las colas en el banco, los supermercados o la Seguridad Social. Nadie está a gusto. Parece como si los demás nos estorbasen, y esta ansiedad sociópata ceba una ira nada recomendable ni para la convivencia ni para la propia salud física, mental y espiritual.

El problema va más allá de la violencia en sí y afecta a nuestra actitud: nos estamos acostumbrando a su presencia, la asumimos como inevitable y hasta nos deleitamos en ella. Un ejemplo muy sencillo para ilustrarlo: La violencia de género. La alarma social es tremenda. El Estado lanza campañas de sensibilización con spots brillantes y creativos. Un despilfarro inútil. ¿Saben cuál es la serie que arrasa en televisión en estos momentos? “Escenas de matrimonios”, que debe su éxito a la cantidad y variedad de puyas que se clavan recíprocamente las parejas protagonistas.


Podemos hacernos cruces en el Telediario con el último trágico suceso de un cónyuge que asesina brutalmente a su pareja para, a continuación, regocijarnos con el odio visceral que sienten Pepa y Avelino, que hacen gala de una galopante violencia de género psicológica, verbal y a veces física. Una alarmante contradicción moral.

Pero yo me niego a asumir esto. La violencia no es inherente a nosotros, los humanos; y si alguien me contradice le parto la cara.

2 perplejos apuntes:

Marta Begué dijo...

Hola!

Estic completament d'acord amb tu! La mala llet que respirem comença a ser omnipresent. Saps? Només veig gent amb bona cara quan vaig a un poble del Montseny. Allà la gent té temps per aturar-se i petar la xerrada amb tu, encara que no et conegui de res...
Per cert, jo no soporto més de dos gags seguits de "Escenas de matrimonio" perquè no entenc com és que encara són matrimoni aquestes tres parelles!!! Si us plau que algú els digui que han d'anar a un advocat i demanar el divorci!!!

hombreperplejo dijo...

Con esa imagen de lo que significa "resignación" matrimonial no me extraña que las nuevas generaciones no sólo no se casen sino que sustituyan los "esposo-esposa" (tan penosamente ilustrativos) por el frígido "mi pareja".