27 sept. 2008

La deshumanización del escenario


Al hilo de la exposición “Espacios ocultos”, que José Manuel Ballester presenta en la galería “Distrito Cu4tro” de Madrid, recordamos algunos ejemplos cinematográficos que van en la misma línea de la "inversión subversiva" del artista: desposeer a los paisajes de toda referencia al hombre, o lo que es lo mismo: la deshumanización del escenario.

Apuntamos que particularmente inhóspita resulta la reinterpretación que hace Ballester del tríptico “El jardín de las delicias”, de El Bosco, un escenario yermo y completamente descontextualizado que nos remite a imágenes cinematográficas igualmente inquietantes y desoladoras: las de ciudades antaño sobre pobladas y ahora desiertas por la propia locura humana, con “Soy leyenda” y su precursora “El último hombre vivo” a la cabeza.


En este caso, como en el de “28 días después”, la soledad del superviviente nunca es absoluta. “Los otros” no se ven, pero su presencia latente y agazapada, siempre se plantea como amenaza letal y nunca como esperanza de resurrección del género humano.


Ahí radica la fascinación de los pueblos fantasma (de verdad o en apariencia) que han sido una constante en el género de terror, aunque también dieron su jugo en los films de Oeste, con sus inolvidables arbustos rodantes. Los humanos habían sido aniquilados o simplemente ya no estaban allí, pero el enemigo aguardaba el momento de atacar, ya fuera en tierra ("Silent Hill", "Phantoms"), mar ("Ghost Ship", "Deep Rising") o espacio exterior ("Aliens, el regreso"). La extinción parece garantizada.


Todo lo contrario de films apocalípticos como"12 monos" "Mad Max III. Más alla de la cúpula del trueno" o incluso "Regreso al Planeta de los Simios", donde existe un atisbo de esperanza en la supervivencia humana anclada en las cenizas de su pasado.


Otros films que jugaron con la idea de “la desaparición de la humanidad”, a menudo de forma brusca e inesperada, fueron “Abre los ojos”, su versión norteamericana “Vanilla Sky” y “Pactar con el diablo”. En todas ellas el protagonista sale a la calle y topa de bruces con la pesadilla de una ciudad que sigue en marcha (los semáforos funcionan), pero donde no es posible encontrar un semejante, salvo en las vallas publicitarias.


Tampoco encuentra a nadie Mike Ferris (Earl Holliman) a su llegada a un pueblo inquietantemente deshabitado en aquel mítico primer episodio de "La dimensión desconocida". "¿Dónde está todo el mundo" era el oportuno título de una serie que, como "Perdidos" marcó un antes y un después en la historia de la televisión. Al igual que "Lost" la serie creada por Rod Serling arrancó con el piloto más caro jamás rodado hasta entonces, apostando por un formato original, en estilizado blanco y negro y con música de Bernard Herrmann.


La despoblación a gran escala (irreversible o temporal) no es el único camino fílmico hacia el desasosiego del caminante. Existe una variante inspirada (como tantas otras cosas) por "Twilight Zone": la del paisaje urbano de cartón piedra, con casas habitadas por maniquís y neveras con alimentos de pega. Tres muestras recientes las hallamos en películas de diversos géneros: la aventura (“Indiana Jones y el reino de las calaveras de cristal”), el slash (“El retorno de los malditos”) y el fantástico (“El incidente”).


Curiosamente todos estos films manejan la idea del "fin del mundo", o de forma más específica el de la raza humana. Las dos primeras vinculándolo a la guerra nuclear, y la última a un trasunto de venganza de la propia naturaleza contra la humanidad. En definitiva: la usurpación del protagonismo humano a manos del paisaje, que viene a ser la propuesta misma de José Manuel Ballester en su exposición.

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