21 ene. 2008

Camas


2008 ha sido declarado el Año Internacional de la Patata. Está bien. Pese a su genérico la papa es un tubérculo simpático. Baluarte de nuestra gastronomía (esa tortilla española), espíritu lúdico (ese corro de la patata) y precursora de las nuevas tecnologías (¡quién no ha probado un par de agujas de tejer clavadas en una patata como antena casera de televisión!).

El pasado fue el Año de los Idiomas. Otras veces lo ha sido de los Niños, del Deporte, del Voluntariado, de las Personas Mayores, del Libro y hasta del Microcrédito. Se hace como distinción y/o método de aleccionar conciencias sobre tales asuntos. Pero las organizaciones mundiales llevan décadas ignorando un icono que también se merece un homenaje: la cama.

Sumando el tiempo que pasamos en ella durmiendo, reponiéndonos de un gripazo o un postoperatorio, vagueando, retozando, leyendo, viendo la tele, haciendo el amor e incluso comiendo -para qué negar tal herencia ancestral-, resulta ser el elemento al que estamos más apegados los seres humanos… sin contar la ropa interior.

La relación entre las personas y las camas es muy estrecha; aproximadamente de 80x190 cms. Pocos cuentan con mayor área de relación, sea por tener que compartir colchón con la pareja o por vivir en menudos pisos menudos. La familia Telerín nos cantaba aquello de “Vamos a la cama que hay que descansar”, pero “encamarse” tiene poco que ver con relajarse, ya que sigue siendo el lugar preferido por los amantes. El catre es un elemento polivalente: el rincón de lectura pausada; la isla a la que confinamos a los hijos cuando les castigamos sin cenar; el refugio que nos alberga en la enfermedad; el cine nocturno donde los sueños se proyectan en sábanas blancas… Para los catalanes, la cama tiene además otra acepción: es la extremidad inferior. De ahí la expresión: “dormir a pierna suelta”, ¿no?

De la cuna a la nido o la litera, del camastro al lecho conyugal, de la camilla al féretro. La cama nos acompaña en nuestro transitar por la vida. Deja que saltemos sobre ella, que la ensuciemos de migas, que la articulemos con motorcitos eléctricos, que la rellenemos de agua, que la colguemos de los árboles... Siempre lista a acogernos en su confortable seno sabedora que no es nada si no se funde con nosotros. Ya dijo García Márquez que ningún lugar en la vida es más triste que una cama vacía. Se merece el agradecimiento de la Humanidad (la cama, Gabo ya tiene el Nobel). Y acabo aquí mi propuesta, pues se hace tarde y me voy a dormir… al sofá.



1 perplejos apuntes:

**Uxia Romasanta** dijo...

Te apoyo en tu propuesta.
¿Qué haríamos sin ese maravilloso universo? Besos, Uxía.