17 dic. 2007

Relevancia navideña





Circula estos días por Internet un escrito ingenioso y divertido supuestamente atribuido a los Reyes Magos. En él, SSMM se quejan del intrusismo del emisario rechoncho del falso espíritu de la Navidad (me resisto a utilizar conceptos tan sagrados como “papá” o “santa” para definirlo). Reclaman su derecho histórico e incluso se atreven a sugerir a Dios que emprenda acciones legales contra quienes manipulan su nombre y -como algunas marcas en estas fechas- se atribuyen la Navidad como invento propio.

En televisión, en cambio, es “el otro” el que aparece apenado en un anuncio porque los niños dejan provisiones para los camellos de los Reyes y no para sus renos. En definitiva: que todo icono vinculado al Adviento reclama su cuota de relevancia. Bueno, todos no. Uno de ellos aún no se ha pronunciado. Me refiero, lo habrán adivinado, a la bombilla navideña.

No es fácil ser bombilla en los tiempos que corren, con campañas institucionales pidiendo que los ciudadanos ahorremos energía y "apaguemos las luces" (um… ambiguo propósito). Luego, los Ayuntamientos se pulen los presupuestos municipales en las susodichas campañas y en el alumbrado público de las zonas comerciales; aunque éste es otro asunto en el que no vale la pena gastar energía ni para denunciarlo.


Las bombillas son tan antiguas como La Navidad. No olvidemos que primero fue una estrella, una enorme y reluciente bombilla en el cielo, la que anunció la Natividad de Jesús. Luego ya vinieron los Reyes, los regalos, el árbol y el gordo ese que siempre se ríe aunque haga un frío que hiele el aliento. Los turrones, el mazapán y el muérdago se incorporaron más tarde. Antes fue la bombilla. De un huevo de vatios, vale, pero bombilla. Y ahora, en el siglo que nos ha tocado sufrir, los herederos de aquella insigne lumbrera son maltratados en su propia festividad.

Una simple búsqueda en Google pone a trabajar 1.200 servidores. La energía consumida equivale a tener encendida una bombilla de bajo consumo durante una hora.
Antiguamente se pensaba que para dedicarse a esto no hacían falta muchas luces. Nada más lejos de la realidad. El de bombilla es un oficio en el que se necesita mucha mano izquierda; porque no consigues nada si primero no le haces la rosca a un portalámparas o tienes algún enchufe. Y eso hay que currárselo.

El alumbrado navideño moderno ha acabado con la identidad excelsa de las bombillas. Cuando eran las únicas luminarias en el casco de un minero a 400 metros bajo tierra estaban ahí, en lo más alto (aunque suene a contradicción). En cambio, desde que a los Ayuntamientos les ha dado por forrar calles y monumentos de lamparillas, ¿qué aliciente tiene ser una entre un millón? Si una se funde, o se suelta un poco, pasa desapercibida.

Las bombillas del arbolillo son más solidarias. Si una falla todas las otras se apagan en luminiscente fraternidad.

Además, cada una suele ser de un color distinto y esto sube la autoestima. En cambio, las bombillas de calle comercial han perdido su idiosincrasia: todas iguales, salvo unas cuantas privilegiadas que dan el toque de color. Por no hablar de que están sobre explotadas. Todo el día ¡y toda la noche! a la intemperie, en turnos larguísimos, ahora que hay tan pocas horas de sol. Encima las sitúan en posiciones elevadas, con una rasca que debe hacer ahí arriba… Lo bueno es que al poco de encenderse se dan calorcito unas a otras, que si no, no aguantarían.

Estamos en deuda con las bombillas. Ellas siempre están ahí. Con sus juegos de luces en el arbolito, noches tras noche, aunque estemos durmiendo o más pendientes de la gala cutre de turno que hacen por televisión. Fieles, nos esperan encendidas para ahuyentar a los cacos hasta que volvamos a casa; y nosotros las tratamos fatal. Cuando una se nos muere, ¡ala! a la basura; sin una mísera incineración, como hacemos con nuestras mascotas, o un último paseo a la “deixalleria”, como haríamos con cualquier otro electrodoméstico finiquitado. No extraña que algunas no puedan soportar el menosprecio y sufran tal crisis existencial que no saben si encenderse o apagarse, con lo que acaban relegadas a intermitentes de vehículos.

En estas Navidades, nada de turrón de chocolate o que la suerte te acompañe. Nuestro lema debería ser: “¡honremos a las bombillas!”, que con su cándida llama iluminan la más gélida y desnaturalizada Navidad.



Bombilla centenaria
Luces de Navidad, © Duane's Designs
Los que ahorran
Los que despilfarran
Consejos para ahorrar energía


DIALIGADOS

— Espero que ese Ryan valga la pena y que cuando regrese a casa cure alguna enfermedad o invente una nueva bombilla de larga duración.


— Thomas Edison llegó a fracasar en 2.000 ocasiones antes de lograr el filamento de hilo de algodón carbonizado para su bombilla. Y cuando le preguntaron dijo: "No fracasé. Descubrí 2.000 modos de cómo no se hace una bombilla, pero sólo debía encontrar un modo de que funcionara”.

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