Hace unos días la ceremonia de los Goya confirmó a
“Celda 211” como la película española del año. El domingo se celebra otra gala del cine, ésta de alcance mundial, y todo apunta (aunque podría saltar la sorpresa) a que
“Avatar” se hará con el Oscar a la mejor película. Son propuestas muy distintas, por género y por presupuesto, pero han obtenido el favor del público y de amplios sectores de la crítica, por lo que, independientemente de estos premios, pueden considerarse las vencedoras con todo merecimiento.
Sin embargo, aunque una nos plantea un realista drama carcelario y la otra una aventura épica fantástica, estas películas tienen dos puntos de contacto significativos: que héroes y villanos son roles intercambiables y que la violencia puede estar justificada.

Ambas transpiran cierto espíritu pacifista, pero sus protagonistas se ven “impulsados” a matar para sobrevivir, como si fuera la única opción posible y, por tanto, legítima.
En otras palabras: la violencia no sólo engendra violencia, sino que ésta, por ser provocada, es justa y heroica. Más o menos como lo ocurrido en Salt, las acusaciones mutuas en la investigación del incendio de Horta, las excusas recurrentes en los realitys televisivos y el cruce de improperios entre políticos.
En el lodazal de la crisis humana (más antigua que la financiera) hasta la venganza y el contraataque virulento nos parecen reacciones argumentadas. Y el cine, espejo de nuestra racionalidad emocional, así lo expresa.
Pero no siempre… Porque, compitiendo con “Avatar” en los Oscars, encontramos otro film
de excelente factura técnica, al que acompaña el morbo de estar dirigido por Kathryn Bigelow, ex esposa de James Cameron, que podría arrebatarle al “rey del mundo” la estatuilla dorada.

“En tierra hostil” (un título magnífico) muestra el día a día de un grupo de artificieros norteamericanos que se dedican hasta la extenuación a desactivar bombas en Bagdag.
A diferencia de otros films (anti)bélicos distinguidos, esta extraordinaria película no se queda en denuncia sobre los absurdos de la guerra: Trata de la lucha incesante por evitar que artefactos explosivos colocados en mercados, ocultos en vehículos-trampa, atados al cuerpo de personas o camuflados en cadáveres de niños, lleguen a causar el daño para el que fueron activados. Es un trabajo agotador, una misión inabarcable, como querer barrer las playas. Por cada bomba desactivada aparecen cinco más. Un esfuerzo que parece estéril, pero que salva vidas.

William James es un soldado cuyas relaciones, incluidas las familiares, son “sacrificadas” en beneficio de tan estresante oficio; por su entrega innata, que algunos calificarían de suicida, otros de generosa y la mayoría de estúpida. Pero, ¿realmente lo es?
No vivimos en Iraq, pero nuestro entorno también es hostil, sembrado de todo tipo de “minas anti-persona” puestas ahí para provocarnos, para hacernos daño, para que otros se sientan poderosos o se enriquezcan. Necesitamos especialistas entregados a localizarlas y desactivarlas, aun a riesgo de morir en el empeño. ¿Estaríamos dispuestos a ser uno de estos artificieros de la vida o preferimos enarbolar la bandera del “ojo por ojo”?