26 abr. 2010

Los cuentos del abuelo


Hubo un tiempo en que las autovías no existían y el trayecto Andalucía-Catalunya era una odisea tan gravosa y temeraria como la de Ulises; más aun a bordo de un Citroën “dos caballos”.

Recuerdo que mi padre daba palmaditas en el salpicadero del coche cuando subíamos un puerto de montaña por aquellas carreteras nacionales repletas de curvas e incertidumbre; y que, al culminarlo, toda la familia se arrancaba con un sincero y entusiasta aplauso.

En aquellos tiempos, sin dvd, videojuegos, ipod ni radiocaset empotrado, era tarea encomiable y titánica mantener entretenidos y moderadamente tranquilos a los chavales que, en la parte de atrás del vehículo, compartían espacio con el equipaje y la fauna insectívora que se colaba cual polizones en el interior. Ahí es cuando mi padre daba rienda suelta a su imaginación para nutrir la nuestra.

Inventaba sus cuentos sobre la marcha; literalmente, porque la narración se veía comprometida o alentada en función de los obstáculos de la carretera. Si un camión se interponía obstinadamente entre nosotros y el horizonte, la recitación era calma, descriptiva. Cuando una recta ofrecía la posibilidad de adelantamiento, mi padre se concentraba para calcular las distancias y cambiaba la marcha del motor y del relato simultáneamente. La integración de la fábula con nuestro propio viaje nos mantenía atentos, expectantes, adheridos al asiento y deseosos de alcanzar un final de la historia que, no sin esfuerzo, solía coincidir con la llegada a nuestro destino.

La ficción sugerida, descrita, ayuda a crecer y estimula la mente. Los relatos escuchados despiertan la ilusión, seducen el alma, conquistan el corazón. Las palabras son poderosas, terapéuticas, inspiradoras, vivificantes; un tesoro inagotable e imperecedero que comparten quienes las pronuncian y quienes las reciben.

Por ello es importante que nos leamos cuentos, los unos a los otros; que descubramos juntos historias como las de mi padre (ahora también abuelo), un narrador nato, con madera de cuentista, que sigue cultivando el generoso oficio de compartir valores e imaginación a través de las palabras que ha amado tanto desde siempre.

(del prólogo al libro "Cuentos del abuelo")



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    8 perplejos apuntes:

    El Ratón Tintero. dijo...

    Tiene muy buena pinta, seguro que es estupendo para regalárselo a algún “enano” ;-)

    Me has hecho recordar un viaje como ese, pero de abajo-arriba y en una DKW con ocho a bordo. Aunque nosotros más que cuentistas éramos cantarines, y la canción que más repetimos fue la ranchera mejicana “Allá en el Rancho Grande” por ser la única que era capaz de cantar mi padre (un trianero muy soso medio inglés que no sabe ni tocar palmas).

    Dr. Quatermass dijo...

    Que bonito el texto, y que razón tiene, con el ajetreo que llevamos supongo que es inevitable "aparcar" a los pequeñajos algún rato delante del televisor, pero yo cada día religiosamente le explico a mi niño su cuento antes de dormir.

    ¿El libro es tuyo?, ¿de tu padre?...

    Un saludote...

    Soldado Raso dijo...

    Q recuerdos!!!
    Hay que comprar el libro para leer/escuchar a ese cuentista.

    Me gustó el post.

    Saludetes!!!

    Por cierto, palabro: fleste
    Con la fleste en los talones.

    (!) hombre perplejo dijo...

    Ratona: Ya no se escriben canciones así !)

    (!) hombre perplejo dijo...

    Quatermass: El libro de mi padre; la experiencia y el recuerdo míos !)

    (!) hombre perplejo dijo...

    Soldado: Coñe, Raso !) Ya era hora de dejarte caer por aquí con tus palabros. (Re)Bienvenido !)

    Patty di Fussa dijo...

    Que bonito, pienso buscarlo pa mis niños.

    Saludos

    JuanRa Diablo dijo...

    No me había quedado muy claro si ese libro tenía algo que ver contigo pero ya queda aclarado por aquí. Es admirable.
    Enhorabuena por este texto tan evocador y por ese padre escritor y cuentista que os avivó la imaginación.