21 jul. 2008

Siento, luego existo


La desproporción se ha adueñado de nuestra conducta. Tanto para lo bueno como para lo malo. Una causa externa sea quizás el poso de los mensajes publicitarios de las últimas décadas, construidos en función de términos absolutos: “el que lava más blanco, la mejor del mundo, no hay nada igual, olvídate de todo, lo demás no importa”… Nos hemos acostumbrado a un lenguaje rimbombante: el partido del siglo, el polvo de mi vida, la casa de tus sueños, el equipo del milenio… Muchas mujeres siguen diciendo que el de su boda es el día más feliz de sus vidas, aun cuando los estudios nos dicen que muchas saben ya entonces (o acaso intuyen) que el hombre que han elegido para compartir el resto de sus vidas es un maltratador en potencia.

La peligrosa tendencia a emocionalizarlo todo (con la que también enreda la publicidad) nos convierte en seres frívolos, vulnerables y desbocados. La vorágine diaria nos arrastra al mundo de las sensaciones y nos aleja de las ideas y la reflexión. Amamos, deseamos, odiamos, sufrimos. Las noticias nos estremecen, el sueldo nos alivia, los exámenes nos estresan, el sexo nos relaja…

Anhelamos vacaciones, pero desconectamos de un mecanismo alienante (el trabajo, los estudios, la casa…) para sumergirnos en otro contexto igualmente peligroso; porque (ahora más que nunca) se entiende el descanso como una oportunidad de experimentar nuevas sensaciones. Son pocos los que invierten su tiempo libre en la beneficiosa y acaso olvidada tarea de pensar. Necesitamos horas para observar la vida, desmenuzarla, entenderla y posicionarnos ante lo que nos rodea. Las vacaciones son el mejor regalo posible cuando lo que obtenemos es precisamente eso: tiempo. Para invertirlo e incluso para despilfarrarlo en pensar y pensarnos, en proyectar y proyectarnos.

Pero la mayoría sustituyen unas emociones por otras, convencidos de que en el cambio está la ventaja. El retorno a la cotidianidad es con frecuencia frustrante. En apariencia porque hemos dejado de hacer lo que nos gustaba por hacer lo que debemos; pero la realidad es otra: estamos exhaustos, agotados de tanto sentir.

Debemos dejar de interpretar la realidad sólo a través de los sentimientos y las emociones o acabaremos sintiéndolo.

ilustraciones de ARTHUR DE PINS
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animaclip: "l'eau de rose"
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