14 sept. 2007

El cine y los sentidos


Los japoneses, que lo quieren todo, han instalado en sus salas de cine butacas aromáticas que producen efectos olfativos sincronizados con las películas. El dispositivo propaga olor a hierbabuena y romero cuando los personajes atraviesan momentos de crisis, o a flores en las escenas románticas. La empresa NTT Comunications, responsable de la versión tecnológica del rutilante Odorama, estrenó su sistema con Charlie y la fábrica de Chocolate, aromatizando el pase con esencias de cacao. Tampoco hacía falta tanta parafernalia; la versión rupestre también funciona: yo vi esta película haciendo los honores a mi tradicional Toblerone y el efecto fue prácticamente el mismo.

Pero sí; esta obsesión por ampliar la experiencia del visionado de las películas más allá del sentido visual y auditivo, es tan antigua como el propio cine. Sony Electronics está invirtiendo millones en una patente que prometen será revolucionaria: una técnica que dirigirá pulsos ultrasónicos a determinadas áreas del cerebro de los espectadores, que así percibirán aromas, sabores y texturas.

Hoy es técnicamente posible ver la película que quieras, cuando quieras, las veces que quieras, con una definición brutal, un sonido espectacular y la comodidad que puedas permitirte en tu propio hogar. Además, tal y como funciona el P2P en Internet y la piratería (delictiva o patrocinada), no “necesitas” ir al cine si eres de los que no puede esperar a que salga en DVD o la pasen por televisión.

Pero la gente sigue yendo al cine. Y no creo que sea sólo para “ver” y “escuchar” una película. Uno se adentra en la sala mágica para disfrutar de una experiencia perceptiva global, que involucra a todos los sentidos:

  • Antes del THX y demás inventos siempre ha estado el ruido de las pipas, del tipo que se ha dormido y ronca, de los que no paran de hablar, del botellín de agua rodando por el suelo; los gritos agudos de las chicas, las carcajadas estentóreas de los adolescentes…

  • Durante las proyecciones a uno le embriaga el olor a palomitas o a ambientador; y le repugna el de la bomba fétida crujida por los gamberros de turno… Y en verano, ¿quién no ha olfateado el salitre del mar o el azahar en los cines "a la fresca"?

  • Ir al cine tiene mucho que ver con el tacto, sobre todo si entras empezada la proyección y buscas a tientas tu butaca, donde quizá te encuentres la pegajosa sorpresa de un chicle adherido al respaldo. También cuentan la presión del niño que agarra la mano de su padre cuando se asusta y los novios que se descubren el uno al otro en la última fila…

  • Quien no saborea en el cine es porque no quiere: los refrescos, las chuches, la comida colada de estranquis en el bolso, el beso furtivo, la lágrima que se desliza hasta el labio tras una escena de profundo sentimiento…

Los señores de Sony pueden seguir trabajando en su método de ultrasonidos, pero sería más beneficioso para la sociedad que lo utilizaran para producirnos experiencias sensoriales agradables mientras esperamos que nos atiendan en Urgencias, o soportamos una caravana en la autopista, o rellenamos el formulario del IRPF, por ejemplo… Que piensen en la gente que tiene un trabajo que odia, o que languidece por enfermedad terminal, y replanteen sus objetivos. Así, además de hacer algo útil de verdad, quizás eviten algunos suicidios por depresión, la que se presupone será segunda causa de muerte en este siglo. Aunque, claro, quizás esto no genere mucho dinero.





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2 perplejos apuntes:

El Ratón Tintero dijo...

Soy una clara defensora de los cinco sentidos, de algunos tan olvidados como el del tacto (deberíamos tocarnos mucho más), y de otros tan maltratados como el del olfato.
Recuerdo cuando la Expo 92 en Sevilla, que acudí a un visionado sobre la ciudad con esos efectos de los que hablas. Aquello fue una experiencia agradable porque los olores estaban muy estudiados y medidos, pero hay otras prácticas en los cines que no me lo parecen tanto. Porque siempre me pregunto: ¿Cuándo “narices” inventarán salas para comedores y salas para NO comedores?, salas en las que no te revuelvan los jugos gástricos con esas tinajas de maíz inflado, con la sensación de estar viendo la película en una cochinera. Eso sin contar los sonidos que no te dejan escuchar, tanto crujientes como de glup glup “cocacoleros”. ¿Es que no se pueden aguantar sin tragar un par de horas? Si lo hacen hasta los fumadores… ¡maldita horrible costumbre importada!
Lo siento, pero el temita me puede :-)

(!) hombre perplejo dijo...

Hay una explicación irrebatible para no instaurar lo que solicitas: si los exhibidores no pudieran vender palomitas hiperinflacionadas y refrescos megaguados, cerrarían las salas. Hoy en día el cine no se autofinancia. Si sobrevivió al vídeo y al dvd fue por la invención de los minicines (primero) y los megaplex (después). Es una batalla perdida.

A los puristas nos quedan las pantallas planas (ya de 100 pulgadas), el Home Cinema y la programación a la carta.

Podría ser peor !)