19 nov 2007

Urnas de cristal


Las urnas de cristal ejercen un poder hipnótico. Para un amante de lo ajeno el estuche acristalado hace más codiciable el objeto que alberga. El escapista sabe que el éxito de su número radica en el tiempo que permanece sumergido a la vista del público, que ve cómo parece imposible que llegue a desatarse antes de morir ahogado en el tanque transparente. Los peces y los corales nos parecen fascinantes porque existen los acuarios; los arquitectos diseñan edificios que asemejan peceras, y el barrio rojo de Ámsterdam no necesita anunciarse en Internet o en los canales residuales de televisión porque “el género” está a la vista.

Algunas urnas sirven para proteger: al papa de los francotiradores, a los votos del fraude electoral, a las peep-show girls de los salidos de turno... Un spot muestra a las personas con burbujas que les envuelven y simbolizan el espacio vital propio. No son contenedores de vidrio, pero cumplen idéntica función: el de un exhibicionismo controlado. “Mírame, pero no me toques”. Es lo que tienen las cajas de cristal: que son ambivalentes. Sirven para aislar y proteger, pero el mismo tiempo para mostrar y embelesar. Son algo así como la versión cool de la zanahoria y el burro: “La verás, pero no la catarás”.

No son pocos los artistas callejeros que, convencidos de esta capacidad de fascinación, las utilizan para sus performances, incluidos los mimos y su clásico número. Con estas reclusiones acristaladas pretenden concienciar a las masas sobre la incomunicación humana, o la sociedad voyeurista e indolente (Hace 35 años que Antonio Mercero ya llamó la atención sobre el particular con su inquietante mediometraje “La cabina”). Otros se conforman con menos (!): Como una joven violinista que se ha encerrado en un habitáculo de 30 metros cuadrados junto a la Puerta de Alcalá de Madrid para componer una obra musical “influida por los viandantes”...


Antiguamente se llevaba aislarse de todo y retirarse al desierto o las montañas, las cavernas o las celdas para encontrarse a uno mismo o un lugar en el mundo. Ahora los “aposentos secretos” son translúcidos y están llenos de cámaras. Hoy se llevan las pantallas planas, pero los televisores no dejan de ser sofisticadas urnas de cristal donde muchos buscan su lugar en el mundo (del espectáculo), aunque sea el más infecto. Desde allí seducen, convocan, fascinan e hipnotizan. Y tanto a los exhibicionistas como a los mirones les encanta que sea así.

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