
Los payasos de la tele cantaban que “El viajar es un placer que nos puede suceder”… No ha sido mi caso. He estado viajando los últimos días y ha sido todo menos placentero.
Para empezar es poco agradable circular por una vía de pago. No tengo nada en contra de las autopistas de peaje salvo que… te cobran por usarlas. ¿Lo vale? Pagas a cambio de ser esclavo de la carretera. El terreno está vallado y no puedes hacer otra cosa que seguir adelante; a no ser que te detengas en un área “de descanso”. Pero la policía aconseja no hacerlo porque existen bandas organizadas que se dedican a expoliar a los viajeros.
No entiendo por qué las autoridades no extienden el mismo aviso a las perversamente llamadas áreas “de servicio”. La atención al cliente en estos lugares suele ser escasa cuando no desagradable. Normalmente es un “auto” servicio (de combustible y de avituallamiento). No importa. Al “hágalo usted todo que ya le cobramos como si lo hiciéramos nosotros” ya nos han acostumbrado las franquicias de comida rápida, donde además de servirte tú mismo debes recoger la mesa... Hablando de tarifas. ¿Por qué un área “de servicio” que no puedes elegir aumenta exponencialmente el precio de la comida sin que ésta sea de mejor calidad? Más bien lo contrario. Porque ya me dirán qué servicio es ofrecer un menú compuesto de: ensalada, segundo plato de congelado/microondas y postre ¡por 18 euros! Lo dicho: robo a mano armada.
A lo peor lo del servicio tiene que ver con los lavabos, para los que sólo cabe una definición: repugnantes. Diría que parece que son los mismos de cuando se inauguró el área hace más de veinte años, pero mentiría. No lo parece: ¡son los mismos!
Su estado de conservación es lamentable, a lo que contribuye el hecho de que apenas tienen mantenimiento: el alicatado se cae a pedazos, los wáters se atascan, hay goteras, el suelo está roto y ponen cartones encima para disimularlo y la señora (o el señor) de la limpieza parece que se ha tomado el día libre. Digo yo que los inspectores responsables de los informes para renovar las concesiones deben hacerlos desde el ordenador de la oficina, porque no se explica que semajantes antros presenten aspectos tan deplorables ya a primera hora de la mañana. Y si eso fuera todo… (continuará)
Para empezar es poco agradable circular por una vía de pago. No tengo nada en contra de las autopistas de peaje salvo que… te cobran por usarlas. ¿Lo vale? Pagas a cambio de ser esclavo de la carretera. El terreno está vallado y no puedes hacer otra cosa que seguir adelante; a no ser que te detengas en un área “de descanso”. Pero la policía aconseja no hacerlo porque existen bandas organizadas que se dedican a expoliar a los viajeros.
No entiendo por qué las autoridades no extienden el mismo aviso a las perversamente llamadas áreas “de servicio”. La atención al cliente en estos lugares suele ser escasa cuando no desagradable. Normalmente es un “auto” servicio (de combustible y de avituallamiento). No importa. Al “hágalo usted todo que ya le cobramos como si lo hiciéramos nosotros” ya nos han acostumbrado las franquicias de comida rápida, donde además de servirte tú mismo debes recoger la mesa... Hablando de tarifas. ¿Por qué un área “de servicio” que no puedes elegir aumenta exponencialmente el precio de la comida sin que ésta sea de mejor calidad? Más bien lo contrario. Porque ya me dirán qué servicio es ofrecer un menú compuesto de: ensalada, segundo plato de congelado/microondas y postre ¡por 18 euros! Lo dicho: robo a mano armada.A lo peor lo del servicio tiene que ver con los lavabos, para los que sólo cabe una definición: repugnantes. Diría que parece que son los mismos de cuando se inauguró el área hace más de veinte años, pero mentiría. No lo parece: ¡son los mismos!
Su estado de conservación es lamentable, a lo que contribuye el hecho de que apenas tienen mantenimiento: el alicatado se cae a pedazos, los wáters se atascan, hay goteras, el suelo está roto y ponen cartones encima para disimularlo y la señora (o el señor) de la limpieza parece que se ha tomado el día libre. Digo yo que los inspectores responsables de los informes para renovar las concesiones deben hacerlos desde el ordenador de la oficina, porque no se explica que semajantes antros presenten aspectos tan deplorables ya a primera hora de la mañana. Y si eso fuera todo… (continuará)



El agua descontrolada suele convertirse en un excelente recurso para el clímax de algunos films. Hay preferencias por la voladura controlada y el resquebrajamiento fortuito de diques y pantanos: desde “Supermán” a “Ratónpolis”, pasando por el plan divino de “Sigo como Dios” y sin olvidarnos de la amplia muestra de telefilms domingueros pasados por agua. La
Pero no todo ha de ser cataclismos acuíferos y agua a raudales. A veces basta con unas gotitas para liquidar al vampiro más poderoso o enfrentarse al mismísimo Diablo; siempre y cuando estemos hablando de agua “bendita”, otro recurso dramático clásico. En cambio, en otras criaturas -alienígenas para más señales- el simple agua del grifo puede causar estragos…



Muchos tipos duros han probado el poder disuasorio del chorro de agua a presión, como Tim Robbins en “
Pero cuando más impresiona el agua es en mar abierto. La angustia de los buceadores abandonados a su suerte en “Open Water”, el pánico ante la aleta emergente de un tiburón, la alarma cuando la presión a baja profundidad cruje los vidrios (“Deep Blue Sea”) o revienta los remaches (“El submarino”), el acuoso infierno de la tormenta en alta mar (“Rebelión a bordo”), el trasatlántico de lujo que se hunde 


















Pretendemos una aproximación a la hidrocinefilia, la forma en cómo los cineastas han utilizado el H2O para transmitirnos todo tipo de emociones. Desde el romanticismo (
Antes de ahogarnos en prescindibles juegos de palabras, concretemos que el agua, en tanto que recurso narrativo, se utiliza en las películas como tesoro u objeto deseado, como figura antagonista u obstáculo, como escenario, como gag, como metáfora, como arma, como sistema de imagen... Ampliamos todos estos conceptos en la tercera parte de este artículo. Antes nos sumergiremos en el análisis de los poderes más cinematográficos del H2O.









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