Tanto ayer sábado (1 de septiembre) como hoy domingo (2 de septiembre), todos los post que he subido figuran como publicados el "viernes 31 de agosto".
Quienes hayáis entrado el fin de semana habréis visto que la fecha seguía anclada en el pasado aunque los post eran nuevecitos.
Ignoro cuánto tiempo seguirá así; pero sabed que, como ha ocurrido desde que nació este blog, el hombre perplejo publica posts y actualiza sus contenidos CADA DÍA.
No obstante, estoy pensando en incluir en la bitácora un servicio de suscripción, de modo que quienes estén interesados podrán recibir un mail cada vez que publique un nuevo contenido.
Tanteo el terreno: ¿Qué os parece esta posibilidad?
"Me encanta contar historias cuando consigo que en una mesa grande todos suelten los tenedores para escucharme. Me imaginaba el público del cine de una manera parecida. También los espectadores debían olvidarlo todo escuchando y mirando: soltar los tenedores. Quizá sea ese el único motivo por el que muchas de mis películas empiezan con una historia que llama la atención".
Billy Wilder, considerado el maestro de las escenas iniciales.
Otros también lo intentaron, y empezaron sus películas así...
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PLAN OCULTO
Russell (Clive Owen) habla directamente a cámara:
"Me llamo Dalton Russell. Presten atención a lo que digo porque escojo las palabras cuidadosamente y no las repetiré otra vez. Les he dicho mi nombre. Soy el 'Quién'. El 'Dónde' podríamos describirlo como una cárcel; pero hay una enorme diferencia entre estar en una celda diminuta y estar en la cárcel. El 'Qué' es fácil. Hace poco planee y puse en marcha la ejecución del atraco perfecto a un banco. Eso incluye el 'Cuándo'. ¿Y el 'Por qué'? Aparte de la motivación económica, es así de simple: porque puedo. Lo cual nos deja sólo el 'Cómo'. Y señores… 'He ahí la cuestión', como diría Shakespeare..."
Sobre imágenes de personas abrazándose en el aeropuerto, habla en off (Hugh Grant):
"Siempre que me siento pesimista por cómo está el mundo, pienso en la puerta de llegadas del aeropuerto de Heathrow. La opinión general da a entender que vivimos en un mundo de odio y egoísmo, pero yo no lo entiendo así. A mí me parece que el amor está en todas partes. A menudo no es especialmente decoroso ni tiene interés periodístico pero siempre está ahí. Padres e hijos, madres e hijas, maridos y esposas, novios, novias, viejos amigos... Cuando los aviones se estrellaron contra las torres gemelas, que yo sepa, ninguna de las llamadas telefónicas de los que estaban a bordo fue de odio y venganza. Todas fueron mensajes de amor. Si lo buscarais, tengo la extraña sensación de que descubriríais que el amor en realidad, está en todas partes..."
Graham (Don Cheadle) habla a su compañera Ria (Jennifer Esposito) en el interior del coche:
"Es la sensación de contacto... En cualquier ciudad por la que camines, ¿comprendes? Pasas muy cerca de la gente, y esta tropieza contigo… En Los Ángeles nadie te toca. Estamos siempre tras este metal y cristal [los coches]. Y añoramos tanto ese contacto que chocamos contra otros sólo para poder sentir algo…"
En su despacho, el detective privado Sam Grunion (Groucho Marx) habla directamente a cámara:
"¡Que nadie abandone este teatro! Los diamantes de la casa Romanov han desaparecido… Me llamo Sam Grunion. Detective privado, para servirle. Mi norma es la discreción… Conmigo nunca se sabe. Creanme: ni siquiera pone nada en mi tarjeta de visita. Soy el mismo Sam Grunion que resolvió el caso de estafa internacional de las minas de uranio. Scotland Yard estaba hecha un lío, el FBI estaba perplejo. Me llamaron a mí y resolví el caso inmediatamente: confesé… Los diamantes de los Romanov han sido tasados en un millón de dólares. Durante once años he seguido su rastro a través del paso Caiber, a través de los Pirineos, rodeando el Cabo de Buena Esperanza hasta llegar al sótano de Ginball. Desde el sótano de Ginball mi olfato me condujo hasta un grupo de actores que intentan montar un espectáculo. Pero ¿les han traído suerte los diamantes? ¿Y dinero? En absoluto. Es la misma historia de siempre: una historia de peligros, crueldad, violencia infame y asesinato. ¿Y cómo creen ustedes que se llama esa historia? Ja-Ja-Ja… ¡'Amor en conserva'!...”
En el cruce de calles de una ciudad sembrada de millones de casquillos de bala, el traficante de armas Yuri Orlov (Nicholas Cage) se vuelve a cámara y habla:
"En el mundo hay 550 millones de armas; es decir: una por cada doce personas. Y digo yo.... ¿cómo se arman las otras once?..."
Me encanta esta foto. El grupo de jóvenes y la pareja de policías conforman una estampa casi idéntica a la del cartel publicitario, delante del cual atraviesan de manera azarosa (o quizá premeditada).
Por cierto, se cuenta de Arthur Guinness una anécdota bien curiosa:
Los presidentes de las más importantes empresas cerveceras se reunieron para tomar un trago. El de Budweisser pidió una Bud; el de Millar, una Millar; el de Coors, por supuesto, una Coors, y así hasta que llegó el turno de Arthur Guinness, quien pidió una soda.
–¿Por qué no pide una cerveza Guinness? –le preguntaron todos.
–Bueno –contestó–, si ustedes no van a tomar cerveza, yo tampoco.
Los ingleses tienen esa envidiable capacidad de reírse de sí mismos, de no dejar títere con cabeza, de abordar cualquier tabú, de ponerse en ridículo sin dejar de ser británicos. Joyas como Little Britain o Yes, Minister y su secuela Yes, Prime Minister son productos televisivos impensables (e inviables) en España.
Nosotros tenemos que “conformarnos” con los cansinos travestismos de Los Morancos, las apostillas recurrentes de Cruz y Raya y los chistes genéricos de toda la vida en versión de Arévalo. Aquí, apostar por la sátira es exponerse al secuestro o a la acusación de ser poco patriótico.
La extraordinaria cabecera de Little Britain es un arranque impactante con una estética poco habitual en las series cómicas...
Los textos leídos en off son distintos en cada capítulo, y no tienen desperdicio. A través de ellos David Wallians y Matt Lucas (creadores y guionistas de la serie) nos introducen en su particular visión satírica de la Gran Bretaña, una mezcla de Monty Python y Federico Fellini, como reconocía el mismísimo New York Times. Estas son algunas muestras:
El azul es el más veraniego de los colores: zafíreos son el cielo, el mar, los revestimientos de las piscinas y los carteles de esa autopista que nos conduce al destino vacacional. Acertó de pleno Mercero titulando a su antológica serie, que no habría tenido el mismo éxito de haberse llamado “Chanquete y sus amiguitos”, por ejemplo.
Aunque a los bluesmen de Nueva Orleans les ponga melancólicos, el índigo ha sido siempre un color simpático: los Pitufos, Supercoco o el hada Primavera de "La bella durmiente" lo constatan; la Viagra también. Si Sevilla tiene un color especial Barcelona no ha de ser menos: ahí están su tramvia blau, las equipaciones de Barça y Espanyol y la iluminación nocturna de la Torre Agbar… Las frutas azules (como las moras o los arándanos) ayudan a prevenir los efectos del envejecimiento. La celeste es la tonalidad de la verdad, la tranquilidad y la esperanza.
Me imagino que quienes la eligieron como identificativo del estacionamiento urbano de pago quisieron aprovechar su cordialidad cromática para vendernos esa perversa idea de una ciudad ordenada, sostenible y recaudadora… Fracasaron estrepitosamente; como los modistos de Guantánamo.
En las calles serigrafiadas en turquesa no se percibe el efecto relajante que se le presume al armónico azulino. El añil destaca, sí; pero no tanto en el suelo como en las cerúleas caras de los ciudadanos a los que la Zona Azul saca de quicio.
Para empezar, Los parquímetros se estropean con frecuencia, lo que obliga a buscar otra tiquetera que nadie sabe dónde está. (¿Por qué no ponen indicativos como hacen las farmacias?) “La otra” suele estar bastante lejos, así que caminas lo que no querías y consumes minutos tarifados de regreso al coche. Pero lo infame son sus “modernas” prestaciones: algunas no aceptan tarjetas, ni billetes (¿por qué?). Encima advierten que no devuelven cambio (¿por qué no?). Si no tienes monedas no puedes aparcar. Otro abuso es el reloj interno, siempre atrasado unos minutos, lo que significa que te soplan algunos céntimos por la cara. La cromoterapia(que no es una técnica de relajación por medio del intercambio de cromos) afirma que el azul es astringente, pero lo único que encoge en la zona de estacionamiento vigilado es el monedero.
En su línea de facilitar la vida al ciudadano, los ayuntamientos han implantado una nueva estrategia: la obligatoriedad de consignar en el ticket la matrícula del vehículo. Tendrán sus razones, pero a bote pronto se antoja una medida discorde a la cacareada educación de la ciudadanía, pues impide el cívico y generoso trasvase de tickets que todavía no han expirado. Es obvio que el concepto “compartir” no entra en su nomenclatura de valores a fomentar.
Pero en justicia, si no agoto el tiempo por el que he pagado y otro no puede aprovecharlo, ¿no debería tener derecho a que se me devuelva lo abonado de más, o esto la maquinita de marras tampoco puede/quiere hacerlo?